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La importancia de llamarse Ernesto
En plena Inglaterra Victoriana, donde las formas se anteponen a cualquier otro gesto característico de la sociedad más avanzada de su tiempo, dos jóvenes amigos ocupados ante todo de mantener su apariencia de formales frente la colectividad que los ampara, se valen de diferentes ardides y engaños a fin de satisfacer sus deseos amorosos y diversiones.
En el camino hacia sus objetivos atraviesan por ocurrentes confusiones y malentendidos, generados por las historias paralelas y ocultas que ambos se afanan en mantener para quedar exculpados en acciones de dudosa reputación. Esto, tras declararse a sus respectivas amantes, no hace sino volverse en contra de ellos y es entonces cuando la precipitación y el enredo llegan a cotas más graciosas e hilarantes.
Esa condición irreversible de llamarse Ernesto ( o de ser formal), es el salvoconducto único para su felicidad y es aquí, en la tarea de deshacer entuertos, donde la comedia alcanza sus momentos más alegres. Cada una de sus peripecias están delicadamente coloreadas por un relato que atrapa al espectador y lo conduce al inesperado e divertido final.
Con esta obra Oscar Wilde deja emerger su agudo pensamiento y su concepción de la vida humana, desenmascarando, con una sutileza sublime, la superficialidad de la sociedad de su tiempo.
Oscar Wilde: un chico fatal
Excéntrico, bohemio y arrojado, al “chico fatal” Oscar Wilde la severa sociedad victoriana lo abocó a un final tan miserable como injusto. Hoy es autor de indispensable recurrencia si se quiere entender el concepto del arte por el arte y esteticismo. Nacido en el Dublín de 1854, quizá el reflejo temprano de su madre, escritora y feminista, fomentaran su carácter controvertido e instigara su arrojo y descaro por el que tanto habría de padecer.
Dotado de un inmenso talento y una incontenible necesidad de hacerse oír, transitó sin dificultad por la poesía, por las narraciones fantásticas como El príncipe feliz, La casa de las granadas y El crimen de lord Arthur Saville, el drama Salomé y las comedias El abanico de lady Windermere y La importancia de llamarse Ernesto. Tan sólo escribió una novela: El retrato de Dorian Gray, un melodramático argumento sobre la fugacidad del ser.
En 1895 el octavo marqués de Queensberry, creador de las reglas modernas de boxeo -paradojas de la vida -, golpea con la fuerza de la puritana sociedad victoriana que no desaprovecha la ocasión para castigar al arrogante “chico malo”. Así, es acusado por sodomía con lord Alfred Douglas, un apuesto jovencito muy alejado de las aficiones pugilísticas de su padre. Declarado culpable tras un proceso patético es condenado a dos años de trabajos forzados. Tras su libertad, un Oscar Wilde destrozado, se niega a convivir con sus verdugos y se traslada a Paris donde se vio obligado a cambiar de nombre. Un anónimo Sebastián Melmoth muere en la indigencia a la par del siglo.
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